domingo

Oido cocina

Su llegada hubiera pasado por desapercibida de no ser porque lo vieron llegar.
Era un hombre a un delantal pegado. Con ojos claros y mirada penetrante. Eran momentos duros, en tiempos de guerra no hay opción a comer ni a vivir como uno quisiera.
En el frente todos estaban perdiendo la razón. Los que un día lloraron abrazados a sus madres o novias se volvieron duros, siniestros. Eran otros. Había que sobrevivir matando al enemigo y asesinando el tiempo. La locura se hizo colectiva. Los ojos estaban inyectados de puro odio.
Pero llegó él.
Apareció andando por el camino que traía a la gente incauta del pueblo. Caminaba a pasos cortos pero firmes. Era el cocinero del pueblo.
Y se puso a hacer de comer con ingredientes que nadie supo nunca de dónde sacó.
Lo que sí supieron es que después de tan agradable momento, el de comer como en casa, volvieron a ser los mismos de antes de la guerra.
Sonrieron, se sintieron niños, se sentaron en el suelo a reposar, hacía mucho tiempo que no se sentían tan vivos y con tan menos ganas de matar. Y la guerra no pudo continuar. Dejaron sus armas abandonadas y regresaron a casa.
Este cocinero desapareció. No sin antes tocar algunos acordes en su guitarra del futuro.
Todo un HITO.


viernes

Personal e intransferible

Había una vez una mujer muy especial o eso creía.
Tenía muchas personalidades. Tantas que llegó un momento en que no se llegó a reconocer.
Creyó que era domadora de elefantes y tenía a un grupo de señoras delante.
Creyó que era una magnífica pastelera e hizo un dulce con una regadera.
Creyó que era bailarina y se había tomado una aspirina.
Sin saber que era alérgica, qué maléfica.
La mujer de varias personalidades se quedó ingresada, no sabía si era de verdad o una payasada.
Hoy le han dado el alta ¿alguien de ella no quedó jarta? Porque nadie va a buscarla.
Qué manera más cruel de no amarla...

jueves

Para tí


Para mí

Hacía tiempo que no me enamoraba, lo acabo de hacer. Vaya señorita más especial. Vaya canción más vibrante. Para bailarla muy pegados.



Hermanas

Desde pequeñas, incluso recién nacidas, hubo un vínculo especial entre ellas. Nacieron el mismo día pero con la diferencia de dos interminables horas.
Una rubia, otra morena.
Cuando se hicieron atractivas para los hombres su vínculo fue...demasiado fuerte. La cara dulce de Silvia atraía a todo varón que estuviera escaso de miradas tiernas, de palabras de amor.
 Los ojos sensuales de Sabina hacían el resto, provocaban los más descarados sueños entre los caballeros y ella era muy buena samaritana.
Dicen que la unión hace la fuerza.
Silvia atraía con sus sonrojadas mejillas a los hombres a casa. Ellos terminaban de disfrutar con Sabina, ella se encargaba de hacer lo que le pidieran.
Lo que ellos no sabían es que, cuando creían que todo había terminado, era Silvia la que volvía...con ojos inyectados de sangre y un gran cuchillo afilado. Su hermana se quedaba mirando el final de la historia.

Así terminaba una historia que volvía a empezar la noche siguiente.