
Que conste ¿eh?, cualquier parecido es pura coincidencia. Esto era un país, imaginario, con monarquía desde muchos siglos atrás. Una nación casi siempre muy retrasada con respecto a otros de su entorno. Un país al que la monarquía una y otra vez estuvo puteando una sí y otra también. Saqueando, arruinando, metiendo en guerras insensatas. Monarcas que algunas veces ponían pies en polvorosa cuando debían defender a los que representaban. Familias reales que se hicieron multimillonarias sin dar un palo al agua.
Pero al final, después de muchas penalidades ese país tuvo unos representantes reales a la altura de sus ciudadanos. Unos monarcas que parecían también, vulgo. Gente llana y de andar por casa. Por primera vez en siglos todos empezaron a pensar que eso de ser monárquico a lo mejor no era tan malo. Que esa familia era sincera y honrada. Pero poco a poco se empieza a ver cómo esos en los que se confiaba vuelven a ser una de las familias más ricas del mundo. Cómo algunos de esa familia se han lucrado ilegalmente, otros van a su rollo e incluso se permiten enseñar a sus hijos costumbre violentas y prohibidas para sus edades.
En estas, al país le ha pillado una crisis galopante, en la que cualquier signo de ostentación es obsceno y resulta que su monarca ha sido pillado cazando elefantes en un país africano pobre. En el que la mayoría de su población vive en la miseria. Y allí, el cazador blanco, vuelve a demostrar que hay castas y castas. Y que ser rey es tener una condición de vida superior.
Lástima que a este rey se le rompiera una parte ósea de su cuerpo haciendo esto u otra cosa que no podamos imaginar y que eso lo estuviera haciendo a costa de la economía de su pueblo. Lástima, porque si no nadie se hubiera enterado de que los impuestos sirven para matar elefantes en África.