
Es increíble lo curiosa que es la vida. Resulta que Semmelweis un médico húngaro nacido hace sólo menos de 200 años trabajaba en un hospital maternal. En el mismo, había dos pabellones, el número uno y dos. En el segundo había un número bastante más alto de muertes de parturientas que en el primero. Semmelweis decide estudiar qué está pasando y después de mucho darle vueltas descubre que el segundo pabellón era atendido por estudiantes que previamente habían analizado cadáveres de parturientas infectados y sin lavarse las manos, atendían a las mujeres del pabellón dos. Esto que ahora nos parece algo lógico fue visto por el resto de sus colegas, liderados por Klein, otro médico, como algo herético. Semmelweis sugiere que se laven las manos antes de atender a las futuras madres, nadie le hace caso, es más le insultan y menosprecian dando argumentos tales como que las mujeres del pabellón dos eran más toscas y por eso morían más. Semmelweis, convencido de sus hallazgos, empieza a llamar asesinos a los médicos que no se quieren esterilizar antes de entrar a los partos. Es despedido. Vuelve a ser readmitido meses después, pero sus teorías no son seguidas. Vuelve a montarla pidiendo a las familias que no se dejen atender por médicos que no se quieran esterilizar.
Finalmente, acaba en un psiquiátrico del que es rescatado para trabajar en otro hospital. Pero, paradojas de la vida, se infecta al hacer una autopsia a un bebé y muere por culpa de lo que llevó toda su vida intentado prevenir. Poco después de su muerte, los médicos empiezan a descubrir que con la esterilización de las manos, las muertes se reducían casi a la nada. Semmelweis nunca intuyó lo mucho que su obra haría por la humanidad.
Por eso, cada vez que voy a la consulta de un médico me pregunto si el galeno sería seguidor de Semmelweis o de Klein. Por si las moscas, le miro como lleva las uñas...